El diálogo interior

por drdanielhuertas Email

Qué es el diálogo interior?

El diálogo interior, esa voz que mantenemos con nosotros mismos, nace en edad muy temprana. El lactante expresa primero sus emociones, como el hambre o el dolor, de forma explosiva y total. Todo él es víctima de sus emociones. Desde esos momentos hasta su madurez, el ser humano va creando un espacio interior que le ayuda a controlar sus propias emociones y a estructurar su visión del mundo. Esa sería, en la base, la función del diálogo interior.

¿Puede dañarse el diálogo interior?

Cuando examinamos con suficiente amplitud la vida de una persona, vemos cómo tiende a repetir los mismos errores y cómo lo que le acontece es en cierta forma explicable por su peculiar modo de ser. Si mantenemos esa misma amplitud de visión y nos adentramos en su vida interior, es decir en el ámbito de su diálogo interior, observamos que la forma en que piensa guarda paralelismos con la forma en que vemos que vive. La actividad interna del pensamiento es en cierto modo a la vez la trastienda y el reflejo de lo que vemos por fuera. Y naturalmente, a una conducta enfermiza le corresponde un diálogo interior sombrío.

¿Puede aprenderse a mantener un diálogo interior sano?

Naturalmente, es esa una aspiración legítima, pero en ocasiones no le dedicamos suficiente energía. Si admitimos que no hay distancia entre el modo de vida global de una persona y su diálogo interior, entonces vemos que regular el diálogo interior está íntimamente unido con la ordenación de la propia vida. Ambos aspectos se reflejan uno en el otro mutuamente. Por más esfuerzos que hagamos por “disimular” nuestro dolor interno y por mantener “buena cara” hacia el exterior, llegará un momento en que esa distancia se acortará en una explosión de emociones como la cólera o la tristeza.

¿Hay alguna forma de acallar el diálogo interior?

Del mismo modo que las circunstancias de la vida externa afectan a nuestro bienestar, todos tenemos experiencia de cómo un determinado pensamiento puede también afectar nuestro bienestar. Desde un punto de vista amplio, podemos ver, como acabamos de exponer, que ambos, la vida externa y los pensamientos de una persona están relacionados. Pero en el día a día, cuando el espacio y el tiempo son más cortos, es muy difícil ver esa relación. Estamos sumergidos en un pensamiento o en una situación estresante y eso es todo lo que somos capaces de decir. En esos momentos de pérdida de la libertad de juicio es cuando mejor nos iría detener todos los pensamientos y replantear la situación completa desde un punto de vista neutral, como el que tal vez adquiriríamos transcurrido un cierto tiempo, ya en calma. Pues bien, la capacidad de transportarse a otro tiempo y de visualizar el momento presente desde una perspectiva no contaminada puede ejercitarse. Es lo que llamamos meditar.

¿Es posible entonces acallar el diálogo interior con la meditación?

Sí, es posible. Pero es una meditación un tanto peculiar, sin objeto ni objetivo. En esa meditación ni tan sólo hay que pensar en que se está meditando. Hay que dejar la mente en reposo. Sin pensamientos, sin ideas, sin repeticiones, sin consignas, sin rumbo definido. Sería algo así como dejar la mente en su estado natural, antes de que el lactante que fuimos empezara a distinguir y a clasificar el dolor y el placer, para luego dar lugar a su yo separado de los demás. Esa deconstrucción (que no destrucción, sino tan sólo desmontaje) de la realidad interna y externa nos conduce a vislumbrar la realidad sin nuestra intervención sesgada y a experimentar un profundo reposo. Es posible hacerlo. Pruébelo y si le asaltan inmediatamente pensamientos y ansiedades, es que realmente le convendría un poco de reposo.

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